domingo, 4 de abril de 2010

Proceso de creación poético


Esto es un intento de explicar algo que si no se tiene una experiencia similar muy difícil va a ser entendido: mi propio proceso de creación poético.

El proceso creativo poético que manejo pasa por varios estados hasta producir la obra. Al principio me sumo en un estado que le podríamos llamar de densidad con referencia a un tema que recurrente en mis pensamientos. No aparece por sí mismo, lo determina un evento consumado y su contenido no puede dejar de asaltarme. La duración suele ser tres días, aunque no tiene por qué ser ese el tiempo; otras veces es sin más y apenas unos minutos. Lo habitual es que se torne doloroso e incisivo, es como si el pensamiento se polarizara, compartimentara y discriminara hasta la saciedad el hecho en concreto. La velocidad de la cabeza se va acelerando hasta entrar en un estado de ánimo eufórico. En esos momentos y no sé por qué, el estado cambia otra vez, la lucidez me invade como si hubiera destellos y las reflexiones dejan de ser recurrentes. Todo mi cuerpo se baña en una sensación agradable. Esto dura poco, la propia lucidez me lleva a escribir. En ese momento se vomitan sin esfuerzo alguno, las palabras. Estas parecen brotar sin sentido, sin pretensión, surgen de un espacio de mí que desconozco. En apariencia no tienen que ver con mis pensamientos. Si las tuviera que ubicar se podría decir en mí interior. Si no las escribiera se olvidarían con facilidad. Esta acción de inspiración no conlleva intención alguna porque a primera vista no tienen sentido. Después, al detenerme sobre ellas y leerlas veo que son comprensión en sí mismas y proponen una resolución al conflicto del primer estado, al que llamo “ansioso”. Repito, las palabras han sido escupidas, sin intención, sin sentido y además sin ningún esfuerzo y con esto quiero decir que esta acción tiene vida propia y no depende en exclusivo de mí. Como si hubiera algún sitio dentro de mí en el cual el conocimiento reside y otorga comprensión y una forma o herramienta puede ser la poesía. La producción poética conlleva ciertas obligaciones y una de ellas es la de extraer el componente volitivo o de voluntad del propio proceso creativo.

Podríamos referirnos a este hecho como una herramienta para adquirir conocimiento, que de alguna manera está por encima y es superior a la propia poesía. Adquirir con ello el entendimiento que va más allá del proceso intelectual; como por ejemplo rasgar en el misterio del amor, siendo la poesía un camino para vislumbrarlo. Así, podemos denominar o incluir la poesía en una corriente de conocimiento más allá del proceso intelectual, siendo la expresión creativa del nacimiento poético como un acto que provoca comprensión a realidades que van más allá de la propia experiencia común o frecuente de las personas.

La mente funciona con el mecanismo del seccionamiento de la información para después almacenarla y con posterior representación o confrontación con los eventos que se conocen. Fraccionar, almacenar y comparar lo conocido con lo que se conoce es la forma cognitiva de llegar a la comprensión. Pero a esta forma de conocer de la mente se le escapan muchas realidades como el amor, la compasión y el propio conocimiento (con mayúsculas). Verdades que no se conocen fragmentando la realidad sino mezclándote y perdiéndote en ella, todo lo contrario que hace la mente. La Poesía ayuda a este menester haciéndonos sucumbir ante lo inexplicable, unificando el saber con las palabras, las emociones, los pensamientos en una misma cosa.


LUZ

tú que esperas                    

tú que brillas                        LUZ

que manas calor                   sola ahí estas   

    en las esferas                   esperando oír

                                           una palabra de amor

LUZ                                     te quiero

das sentido a las horas

das sentido a cada día          LUZ

 en la nostalgia                     me recuerdas a mí 

 recobras mi vida                 en el tiempo           

                                           en un momento

LUZ                                    en la vida

de las faralaes                     en la cúspide

de la fina lluvia                   en el declive

que gotea

que suena                             Aunque luz te llames

y balbucea                            no te importe

nostalgia y limo                    antes ya brillabas

amor y llanto                        antes que nombre

                                            eres siempre luz


LUZ                         

de la calle

de los lugares/sin luz

aspiras y espesas/pensares


Julio Carrizo

jueves, 1 de abril de 2010

El Lyceum Club de Madrid

El Lyceum fue un club de mujeres cuyos fines fueron, entre otros, programar actividades culturales, organizar charlas literarias y la reivindicación de que las mujeres tuvieran más participación social y política.

En 1925 Carmen Baroja y su cuñada, Carmen Monné, viajaron a Londres y se hospedaron en el Lyceum Club que se había fundado hacía unos veinte años. A su regreso tuvieron la idea, que ya tenían de antiguo, de formar un club femenino.

Al volver a España, organizaron el club con una estructura parecida de los de Londres y, en la casa de las siete chimeneas, arrancaron los encuentros de mujeres. Estas mujeres eran cultas, algunas de ellas universitarias. No querían quedarse arrinconadas en la casa, deseaban participar en la vida política en iguales condiciones que los hombres. Sabían que, en ocasiones, los tendrían enfrente, ya que socialmente no estaba ni bien visto y, apenas admitido, que las féminas hicieran otro trabajo que no fuera el doméstico. Algunos de los hombres de la República reconocieron que el Club había reunido a mujeres que tenían una cultura, un valor y una ética moral y de trabajo superiores a cualquier otra entidad en la capital. Hubo que salvar obstáculos y, se pusieron a ello.

Este grupo femenino, además de ser inteligentes, acertaron a unir las valías individuales dándole un potencial al colectivo que, en raras ocasiones sucede.
Formaron una entidad con tal calado, que los derechos que, estaban convencidas, debían disfrutar, como el ser candidatas elegibles y, tener derecho al voto, lograron que saliera a la luz pública, se debatiera y, alcanzar lo que se proponían. Ambas cosas lo consiguieron.

En 1933 ganó la derecha de Gil Robles, no salió elegida ninguna mujer y, esta batalla se eclipsó. Hubo guerra y la cruel posguerra.

Carmen Martin Gaite, escritora que vivió los años de la dictadura, reivindicó al grupo de mujeres que fundó el Lyceum por la semilla que dejaron. Con este recuerdo y conocimiento de sus antepasadas deseaba rendirles un homenaje y dar impulso a la reclamación de todo tipo de derechos que en esa época se negaban de manera tajante.

María de Maeztu, Maria Goyri, Carmen Baroja, María Lejárraga, Victoria Kent, Ernestina de Champourci, Clara Campoamor, Carmen Conde, entre otras, formaron este plantel tan importante. Sus destinos estuvieron unidos a los convulsos años que les tocó vivir, las puertas de los derechos individuales y de la libertad se cerraron y, para la reclamación de la igualdad de las mujeres, todavía más.

Marijo Biurrun

Nací al alba

Nací al alba, cuando cierran los ojos las estrellas;
y nací como todos, con un llanto asustado,
que hoy dedico por tantas despedidas.
Vine un día y aquí estoy;
si no estuviera, no escribiría versos,
ni pintaría nubes con cejas de carbón.

Cuando abrí la vida
se escapó la luna con su lazo de plata
buscando otras noches.
Ese día madrugaron en mi casa;
y es que yo, nací al alba,
y vi romper al día las faldas de las sombras
y apagar la luz de las farolas.

Me contaron que era colorada y hermosa
como la manzana de un cuento,
y tuve también mis brujas y mis ogros
al fondo de mis miedos.

Mi niñez tuvo un aroma de azoteas,
de ropa húmeda, geranios,
y humo de fogata;
un perfume de barrio valiente y pobre.
Así que yo también tengo,
un perfume de barrio valiente y pobre,
cuando salen los perfumes
a ambientar las calles,
envueltos en una riada de colores.

Fui a la escuela, a leer en los libros,
a escribir en pizarras, a escuchar al maestro;
y paso el tiempo llevándose la infancia;
y aprendí entonces muchas cosas;
a leer en los ojos,
a escribir con las yemas de los dedos
y a escuchar los latidos de mi corazón.

Nació un día así el amor de madrugada,
cuando cierran los ojos las estrellas,
y nació como todos, con un llanto asustado,
que hoy dedico por tantas despedidas.


Begoña Iribarren

lunes, 22 de marzo de 2010

Los viejos amigos

A los viejos amigos
no los encuentras a las afueras del ayer,
del brazo del olvido;
por eso nunca sabes,
cuando la nieve tiñó sus cabellos
o el otoño pasó su factura.

Ellos se acoplan a tu vida
como una nota musical a una partitura,
o como una flor a la solapa;
son esa manta cálida que sacas del armario
y colocas sobre tus hombros en las tardes de invierno
y cuando no están,
tu corazón es una casa deshabitada y fría
a merced de las penas

Tienen la capacidad del asombro en su silencio
y ese saber decir, sin decir nada
y ese saber amar, que saben ellos.
Los amigos tienen, tienen tantas cosas;
tienen en sus copas el vino pagano de los dioses
y el fuego alegre de la danza.

Una doctrina, un mandamiento nuevo,
que va de boca en boca
negro y espeso como el chocolate
y leve como el vuelo de un beso.

Los viejos amigos tienen
el consuelo misterioso de los espíritus
y son la nata dulce en los labios de la confianza,
como las galletas tiernas de la niñez.


Begoña Iribarren

sábado, 13 de marzo de 2010

Miguel Delibes


Cuando buceo por los periódicos encuentro noticias de todo tipo, noticias que repudio, noticias absurdas, las menos noticias que me interesan pues hace tiempo que perdí la sintonía con el discurrir de este mundo. La noticia de hoy la catalogo dentro del tipo, no quisiera tener que leer, la muerte de Miguel Delibes.

Viene a mi mente recuerdos del colegio, la imagen de Doña Emilia, mujer que por sus canas y sobre todo por su fuerte carácter nunca perdió ante nosotros, sus alumnos, el trato de Doña. A ella tengo que agradecer mi conexión con la literatura, a sus recomendaciones, intentado encuadrarlas dentro mis gustos y de mi edad. Sé poco o nada de la vida de esta mujer, solo una, su amor por la escritura de Miguel Delibes. El recuerdo de su imagen siempre me vendrá con un libro suyo en la mano , entre otros , "El príncipe destronado", mi primer acercamiento a Delibes.

Hoy quiero compartir el discurso que leyó Miguel Delibes cuando ocupo el 25 de mayo de 1975 el sillón de la Real Academia Española de la Lengua titulado El sentido del progreso desde mi obra. Un alegato ecologista que se editó posteriormente como libro bajo el título de Un mundo que agoniza y que define perfectamente el sentido global de sus obras.

EL SENTIDO DEL PROGRESO DESDE MI OBRA 25/05/1975
M. Delibes

Debo reconocer que la elección de tema para mi discurso de ingreso a esta institución no me ha sido fácil. El carácter literario de la misma, me empujaba, casi fatalmente, en este sentido. Pero, ¿cómo meterme en literaturas ante un auditorio tan competente en esta materia? Estaba, por otra parte, la actitud de mis compañeros periodistas, después de mi elección, poniendo el acento en mi vocación campestre; fueron titulares frecuentes en diarios y revistas en aquellas efemérides. ¿No estarían ellos, al sentar estas afirmaciones verdaderas, abriéndome el cauce por donde mis palabras deberían discurrir? ¿Por qué no traer a la principal, que ha inspirado desde hace cinco lustros mi carrera de escritor? ¿No es mi concepto del progreso algo que está en palmaria contradicción con lo que viene entendiéndose por progreso en el mundo de nuestros días? ¿Por qué no aprovechar este acceso a tan alto auditorio para unir mi voz a la protesta contra la brutal agresión a la Naturaleza que las sociedades llamadas civilizadas vienen perpetrando mediante una tecnología despiadada?.

He aquí en pocas palabras, la génesis de mi discurso de esta tarde. Cuando hace cinco lustros escribí mi novela, donde un muchachito, Daniel, el Mochuelo, se resiste a abandonar la vida comunitaria de la pequeña villa para integrarse en el rebaño de la gran ciudad, algunos me tacharon de reaccionario. No querían admitir que a lo que renunciaba Daniel, el Mochuelo, era a convertirse en cómplice de un progreso de dorada apariencia pero absolutamente irracional. Posteriormente mi oposición al sentido moderno del progreso y las relaciones Hombre-Naturaleza se ha ido haciendo más acre y radical hasta abocar a mi novela, donde el poder del dinero y la organización -quinta esencia de este progreso- termina por convertir en borrego a un hombre sensible, mientras la Naturaleza mancillada, harta de servir de campo de experiencias a la química y la mecánica, se alza contra el hombre en abierta hostilidad. En esta fábula venía a sintetizar mi más honda inquietud actual, inquietud que, humildemente, vengo a compartir con unos centenares -pocos- de naturalistas en el mundo entero. Para algunos de estos hombres la Humanidad no tiene sino una posibilidad de supervivencia, según declararon en el Manifiesto de Roma: frenar su desarrollo y organizar la vida comunitaria sobre bases diferentes a las que hasta hoy han prevalecido. De no hacerlo así consumaremos el suicidio colectivo en un plazo relativamente breve. Su razonamiento es simple. La industria se nutre de la Naturaleza, y la envenena y, al propio tiempo, propende a desarrollarse en complejos cada vez más amplios, con lo que día llegará en que la Naturaleza sea sacrificada a la tecnología. Pero si el hombre precisa de aquella, es obvio que se impone un replanteamiento. Nace así el Manifiesto para la supervivencia, un programa que, pese a sus ribetes utópicos, es a juicio de los firmantes la única alternativa que le queda al hombre contemporáneo. Según él, el hombre debe retornar a la vida en pequeñas comunidades autoadministradas y autosuficientes, los países evolucionados se impondrán él y procurarán que los pueblos atrasados se desarrollen equilibradamente sin incurrir en sus errores de base. Esto no supondría renunciar a la técnica, sino embridarla, someterla a las necesidades del hombre y no imponerla como meta. De esta manera, la actividad industrial no vendría dictada por la sed de poder de un capitalismo de Estado ni por la codicia veleidosa de unas minorías de grandes capitalistas. Sería un servicio al hombre, con lo que automáticamente dejarían de existir países imperialistas y países explotados. Y, simultáneamente, se procuraría armonizar naturaleza y técnica de forma que ésta, aprovechando los desperdicios orgánicos, pudiera cerrar el ciclo de producción de manera racional y ordenada. Tales conquistas y tales frenos, de los cuales apenas se advierten atisbos en los países mejor organizados, imprimirían a la vida del hombre un sentido distinto y alumbrarían una sociedad estable, donde la economía no fuese el eje de nuestros desvelos y se diese preferencia a otros valores específicamente humanos.

Balhala 12/03/2010



jueves, 4 de marzo de 2010

La verdad absoluta

No puedo perder el tiempo
haciendo digresiones
entre hombres y mujeres
sintiéndome persona
absoluta y total.

Necesito encontrar
el misterio,
la verdad,
el todo y la nada
desde mí misma;
sin escuchar versiones
masculinas o femeninas
tendenciosas.
Sólo me interesan
las emitidas desde el alma asexuada
de la Poesía
capaz de convertirse en estrella fugaz
y comprender el Universo
desde fuera.


Enero 2010, PJ B. Rubio

martes, 2 de marzo de 2010

El corazón de María Zambrano


Tiene la palabra -corazón- dos connotaciones muy opuestas. A un lado se halla el significado que convoca a legiones de sentimentalistas y sentimentaloides y al negocio mediático que vive a cuenta de él. En el lado opuesto está el significado rigoristamente científico que lo considera una válvula aspirante-impelente que tiene la virtud y la función de mantener vivo al organismo entero.

Para la reflexión que voy a proponer quisiera partir del significado preciso que María Zambrano da a -la metáfora del corazón- en su obra Hacia un saber del alma.
La obra fue publicada en 1950 pero en la nota a la edición de 1987 para Alianza Editorial (a la que la siguiente cita de páginas que realizaré corresponde) la autora dice: “En nada tengo que desdecirme de lo dicho entonces”.

En busca, pues, de este significado, encontramos la primera nota en la página 54:
“Lo primero que sentimos en la vida del corazón es su condición de oscura cavidad, de recinto hermético; Víscera; entraña. El corazón es el símbolo y representación máxima de todas las entrañas de la vida, la entraña donde todas encuentran su unidad definitiva y su nobleza.”

Y añade:
“Sólo aquello que constitutivamente es cerrado puede ser la sede de una intimidad; aquello que con suprema nobleza puede abrirse sin dejar de ser cavidad, interioridad, y que brinda lo que era su fuerza y su tesoro, sin convertirse en superficie.” (Pág. 55)

Y ¿qué hay en la superficie del ser humano? La palabra. Pero es bien diferente al comportamiento del corazón.
“Toda palabra suspende el tiempo e introduce en su incesante continuidad, discontinuidad. Por eso libra del tiempo” (Pág. 57) Cosa que no puede permitirse el corazón, pues está ocupado “en el trabajo constante de las entrañas de su rutinaria tarea, en cuya rutina va mortal riesgo.” (Pág. 57)

Así es que, tal y como interpreto a María Zambrano, el ser humano está movido por dos resortes de distinta naturaleza. El corazón, encargado de mantener la vida, sin descuido, sin pausa, es de tal generosidad que es capaz de abrirse en canal, para crear un espacio de libertad, un espacio en el que, a diferencia del suyo, no rija en él la implacable ley del tiempo, un espacio en el que pueda enseñorearse, jugar, crear, la palabra. Y este segundo resorte que mueve la vida humana, la palabra, es un auténtico lujo existente únicamente en la especie humana. Cierto que en cada especie animal se da un lenguaje específico, pero su acoplamiento a la supervivencia lo hacen incomparable a esta misteriosa capacidad de suspender momentáneamente el tiempo y poder crear, como es la palabra humana.

Gracias a la generosidad del corazón, la palabra se ha multiplicado, especializado, complicado: ha creado artes, ciencias... y una inmensa verborrea. Pero todo tiene su límite, también los tiene el generoso corazón. “Pues el rencor nace de lo que no logra, trabajando siempre, ser escuchado.” (Pág. 58)

De modo que, como admirador de María Zambrano, quisiera admitir esta lección suya en mi afición a la escritura: tratar de encontrar las palabras que se acoplen a los ritmos del corazón, dándole salida para que no caiga en el rencor, y tratando de evitar las palabras que nada dicen y revisando las que tal vez en su día mucho dijeron, pero como al paciente de un sueño al que se le cae el libro de las manos, nada dicen hoy. O como en el poema de Ada Salas, leído hace poco en el taller:

Las palabras que dije ya no
me significan. No sabía que a todo
le sucede lo mismo
y que mueren de tiempo
también
las palabras. O seré yo
tal vez. O seremos lo mismo

Un oscuro temblor donde resuena
lejos

lo vivido.



Santos Pérez