miércoles, 22 de enero de 2014

El impacto Frankenstein


El impacto Frankenstein

Coincido con mi compañera P.J. Blanco, en su comentario al libro, en este mismo blog, en el aspecto de que es una novela que no nos aporta gran cosa desde el punto de vista literario a estas alturas.
Y esta valoración resulta oportuna para realizar la siguiente pregunta: ¿A qué se debe su repercusión después de casi dos siglos, en la literatura, en el cine, en la música, en la TV, incluso en la ópera?

Es significativo que muchas personas que han visto películas de Frankenstein, no hayan leído el libro de Mary Shelly, y que se haya acabado por denominar con el nombre del personaje “Doctor Victor Frankenstein”, al propio monstruo por el doctor creado, según la novela de la autora.
Cabe interpretar que como la joven autora no era una consagrada escritora, pues tenía 21 años cuando escribió la novela, simplemente se dejara llevar por el estilo romántico de la época, sin ser demasiado original ella en su estilo propio. Pero es indudable que dio en el blanco en la creación de sus dos personajes principales:

El doctor Victor Frankenstein, el nuevo Prometeo, el aprendiz de brujo que cree, tras unos estudios universitarios, estar capacitado, nada menos que para convertirse en un nuevo demiurgo, capaz de aplicar la técnica para crear un ser humano, o para resucitarlo de la muerte y crear lo que el doctor llama un “engendro”, que es el segundo personaje. Y este es uno de los méritos de la autora. El estar atenta, el tener la mente muy abierta a los conocimientos de la época y saber aprovechar el ilustrado entorno familiar y de amistades.

En dicho entorno estaban su marido, el poeta Percy Bysshe Shelley, y su íntimo amigo Lord Byron, por citar los más famosos. Su grupo conocía la tradición en las leyendas judías, de los golems, muñecos de barro, que al mencionar sobre ellos el nombre de Dios cobraban una especie de vida. Por otra parte estaban al tanto de los descubrimientos de Galvani (en 1771 experimentando con ancas de ranas muertas observó que los músculos se contraían como si estuvieran vivos al aplicarles una corriente eléctrica) y de Volta (en 1800 inventó la pila eléctrica para el desarrollo de la electricidad continua). Había un gran interés por estos descubrimientos desde la excitación y el temor de que la electricidad pudiera resucitar la materia muerta.
Y desde esta excitación escribió Frankenstein la joven Mary Shelly, dando de lleno en varias de las preocupaciones e intereses más importantes que anidan en el corazón humano de todos los tiempos.

Pues en efecto, ¿hay alguna preocupación en el ser humano que es haya sido y será más importante que su propia muerte, de su deseo de no morir, o de resucitar, en definitiva, de ser eterno?
De ello dan prueba los cinco mil millones de personas religiosas en el mundo.
 ¿No ofrecen todas las religiones la vida eterna?

Señalaré otro dato que puede parecer más chusco por su aparente inverosimilitud, pero la “Alcor Life Extensión Foundation” de EE.UU. confirma su veracidad: Doscientas personas muertas esperan congeladas a que la ciencia y la técnica lleguen a un nivel capaz de resucitarlas.
Incluso de un ateo como Nietzsche podemos escuchar, al final de su Zarathustra:

“¡El dolor dice: pasa!
Mas todo placer quiere eternidad,
¡quiere profunda, profunda eternidad!

Y esto es también lo que ansía el Doctor Fausto, en el gran poema de Goethe, cuando por ella es capaz de vender su alma al diablo.

Y ese ha sido el atributo esencial de la divinidad: ser eterno.
Pero el divino demiurgo no ha hecho eternas a sus criaturas, o al menos no se lo ha hecho saber con claridad. De ahí que las criaturas, imitando a su creador, además de querer ser eternas quieren ser ellas también creadoras. Nada satisface tanto al ser humanos como ser creador, pues es la cualidad que, al menos mientras crea, le saca de su condición pasiva, subsidiaria, dependiente; pasa de depender él de un ser a que otro ser dependa de él.
Prometeo, dios menor del Olimpo, se compadeció de esta condición humillada del hombre y robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres. El fuego simboliza al mismo tiempo inteligencia creadora y potencia técnica para llevar a cabo la creación. Y este mito clásico inspiró a nuestra autora para dar a su principal personaje, Victor Frankenstein, el sobrenombre de “Nuevo Prometeo”. Tal vez lo hacía porque concitaba la mayoría de los temores de los románticos a la nueva técnica, en particular una mezcla de excitación y temor de que la electricidad pudiera resucitar a la vida la materia inerte.

Y esta mezcla de excitación y temor acompaña al creador cuando está concentrado en su obra. Y si el fin de su obra es crear una vida humana, tal excitación y temor son extraordinariamente amplificados, como lo revela el director James Whale, en la más clásica de las películas sobre Frankenstein.

Dominar la criatura, este es otro de los grandes impactos que ha producido la obra de nuestra autora: Desde el más inocente y simpático Mickey Mouse de Walt Disney en Fantasía hasta la más dramática como Blade Runner, el cine ha reflejado esta vocación de aprendices de brujo que tenemos todos lo seres humanos.

Y ojalá esta vocación se diera sólo en los personajes de las novelas y las películas pero las famosas distopías de Huxley y de Orwel, en Un mundo feliz y 1984, respectivamente, son novelas que se van pareciendo cada vez más a la realidad. Cada vez más la técnica puede diseñar vida según las necesidades del poder de turno. Y el Gran Hermano real, cada vez dispone de mayor información sobre nuestra identidad, personalidad..., es una vigilancia mas amable, más de buen rollo en los móviles, en las tablet. Este gran monstruo que se está creando no tiene las facciones repelentes del de Frankenstein; los nuevos aprendices de brujo han aprendido mucho. Pero lo malo es que no han aprendido tanto como ellos creen.

Sopelana, 15 de enero, 2014
Santos Pérez


miércoles, 1 de enero de 2014

Taller de Crítica literaria Enero 2014


FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO Mary Shelley, 1816

La imagen que el cine nos ha presentado del Monstruo del Dr. Frankenstein está tan arraigada en nuestra iconografía contemporánea que es imposible evadirse de ella durante la lectura de la novela, “Frankenstein o el moderno Prometeo”, con un protagonista antihéroe, origen de la literatura de terror gótico, y pulula traidoramente por nuestro cerebro, incapaz de imaginárselo de otra manera.

Mary Shelley (Londres, 1797-1851) concibió su personaje a los 18 años, tras una apuesta entre escritores, y no creo que hoy hubiera pasado el ingreso en la literatura de Ciencia Ficción.
Hay mucha literatura y mucha ficción en Frankenstein, pero muy poca ciencia. Lo cual no le impide haber encontrado un filón interesantísimo, en una época en la que la Ciencia comenzaba una carrera desenfrenada, precisamente en la línea que ella trazó.

¿Pero quién es esta Mary, nacida en los albores de la Inglaterra victoriana, capaz de crear un Monstruo, con personalidad tal como para acaparar el nombre de su creador, Frankenstein, y ser objeto de estudios sociológicos, religiosos y filosóficos?

Mary Godwin, había nacido de un matrimonio extraño entre el filósofo político Willian Godwin con la filósofa feminista, Mary Wollstonecraft, que aportaba una hija de soltera y era autora de una obra titulada “Vindicación de los derechos de la Mujer”.

Aunque Mary perdió a su madre, recién nacida, la lectura de su obra y el ambiente liberal, que se respiraba en la familia, la convirtió en una muchacha culta, independiente y romántica, capaz de mantener una relación sentimental a los 17 años, y escaparse con un poeta casado, Percy Shelley, de quien tomó el apellido, y que falleció en un naufragio en 1822, tras haber contraído matrimonio con Mary, para superar la terrible presión social que los acosaba.

Mary, joven viuda con un hijo, siguió escribiendo, principalmente artículos vanguardistas, biografías, novelas y ensayos para sobrevivir, aprovechando sus viajes para hacer comentarios políticos. Ya no estaba su Percy para que le corrigiera las faltas como le hizo con Frankenstein, y fue madurando literariamente.
A él, a su amado Shelley, le dedicó el resto de su vida promocionando su obra poética sin abandonar la lucha política por la justicia y la igualdad entre libro y libro.

Mary escribe “Frankenstein o el moderno Prometeo”, dentro de la corriente literaria de la época: el romanticismo, dado a las inmersiones en lo tenebroso, con descripciones minuciosas de paisajes, que hoy se nos hacen demasiado didácticas; con introspecciones en las almas de los personajes principales: el Doctor y su Monstruo -solitarios, atormentados, obsesivos-, que acercan al lector a los problemas personales de todos ellos, haciéndose preguntas continuamente acerca de múltiples situaciones.

Sin embargo, el nivel científico de la autora era bastante limitado: habla mucho de que el Doctor utiliza sus instrumentos, los guarda y va con ellos a todas partes pero jamás nombra ninguno. No sabemos cómo conseguía los cadáveres que configuraron el Monstruo, y, considerando que entonces no había congeladores, desde que encontraba el cerebro hasta que daba con el riñón, se le tenía que haber estropeado el primero. Menos mal que aquel rayo oportuno le puso en marcha el negocio, porque con los pocos kilovatios que debía de haber entonces en la red eléctrica doméstica, no lo hubiera conseguido.
¿Y por qué lo fabricó tan feo? ¿No le hubiera costado lo mismo buscarse un rostro agradable? ¿O es que se le fue estropeando con el tiempo?

Querría hacerlo más terrorífico físicamente en contraposición con su alma pura, al estilo de Rousseau, que se fue deteriorando al contacto con la civilización.

Todos estos fallos, que vemos en el siglo XXI, y no se contemplaron entonces, se los vamos a perdonar, porque no estamos juzgando una tesis doctoral sino una novela.

Novela moralizante en la que ata sus cabos en temas trascendentes, tales como la ambición humana, la clonación, la pena de muerte, el odio, la venganza, la cobardía, la importancia de las nuevas tecnologías en el devenir de la Humanidad, etc.

La solución de alguno de ellos, chirría en esta época, como la ejecución de la pobre Justine, a la que condenan sin pruebas. El incidente está narrado por una señorita de la buena sociedad muy sensible a los dolores ajenos y a la honorabilidad de su amiga, sin ningún rigor jurídico. Aquí no aparecen coartadas ni investigaciones policiales: solo hay pena cristiana - aunque la autora se considerara atea- ante la injusticia, lo que no impidió que ejecutaran a la inocente.

No deja de ser curiosa la diferencia entre la vida y la idea progresistas de la autora y la sociedad conservadora que representa, que en algunos casos llega a la ñoñez : la familia idílica del Doctor, sus amores infantiloides con la prima Elizabeth, las amistades excelentes y fieles, que pesaban inconscientemente sobre Mary aunque su imaginación desbordante quisiera escaparse de ese mundo encorsetado.

Parece que esta dicotomía existía realmente en Mary Shelley, que tuvo serios problemas en su madurez cuando la quisieron chantajear a cuenta de varias cartas a diferentes amantes escritas por ella y su esposo- ambos creían en el amor libre-, pero que no eran bien vistas en su círculo social.

Sacándole punta literaria, que no filosófica, pienso que, dentro de su progritud feminista, Mary era bastante cursi y relamida, al menos a la edad en la que escribió esta su primera novela larga, que por su originalidad y profundidad, es la que la ha situado en el ranking de los autores atemporales.

El mismo tratamiento epistolar de la obra, comenzando y terminando por unas cartas a su hermana del explorador polar, emulando a Scott, rezuman un estilo narrativo, melodramático, hoy superado. Ello no impide que Frankenstein sea un clásico que aun tiene mucho futuro.Y mucha vida independiente de la que le concedió su autora.

Pero el estilo narrativo de la novela, desde el punto de vista literario, no deja de situarla como una obra decimonónica con sabor añejo.

Al menos eso me parece a mí.

Bilbao, 30, 12, 2013

martes, 24 de diciembre de 2013

ZORIONAK ETA URTE BERRI ON




ZORIONAK ETA URTE BERRI ON

FELICES FIESTAS Y QUE EN EL AÑO NUEVO 

SE CUMPLAN TODOS VUESTROS SUEÑOS.

PAZ Y AMOR

ASOCIACIÓN ESCRIBE- LEE


domingo, 24 de noviembre de 2013

Taller de Crítica literaria Diciembre 2013


Nada tiene de extraño que un director de teatro, a caballo entre la Suecia donde nació (Estocolmo, 1948), que hace profesión de su intelectualidad comprometida dirigiendo teatro seis meses al año en Maputo, Mozambique, dedique una de sus novelas, “El chino”, publicada por Tusquets en 2008, a plantear los problemas que se le avecinan al continente africano de manos del neocapitalismo chino.
Henning Mankel, uno de los escritores pioneros en literatura negra, que ha recibido, entre otros el premio Pepe Carvalho, es por su fuerza narrativa uno de los pioneros en este género literario que se lee de un suspiro deseando pistas que ayudan al lector a ir desmadejando la intriga que surge sangrante en el primer capítulo.

En una aldea remota del norte de Suecia, aparecen degolladas 19 personas sin motivo aparente alguno, pertenecientes a la misma familia. El acusado se suicida en la cárcel, lo que no satisface a la juez Birgitta Roslin, de baja por enfermedad, que comienza por su cuenta, una línea de investigación por demás insólita, para resolver el problema.

 A través de la pista proporcionada por  la cinta roja de un farolillo de un restaurante descubre, en un hotel próximo, que un chino se  había alojado en él  por los días de la masacre y  cuya fotografía aparece en la cámara de vigilancia.

Circunstancias turístico-intelectuales le hacen acompañar a una amiga hasta Pekín, sumido entonces en los preparativos de los Juegos Olímpicos,  Y, mira tú, que en  el primer lugar donde presenta la foto del chinito de la cinta - total, Pekín tenía a la sazón unos 14 millones de habitantes de nada- le pisa en el callo al causante de las muertes, que le dedica  vigilancia continua.
 Después de que le robaran el bolso- ella ya sospechaba que era para meterse en sus intimidades porque se lo devuelven enseguida-, aparece, majestuosa, una empleada del gobierno, Hong, que le va sonsacando los motivos de su visita, a la vez que le pone al corriente de las circunstancias del momento histórico tan crucial como es el paso al capitalismo sin perder las esencias del comunismo de Mao.
 Sus conversaciones dan al lector muchas pistas del asunto. Y hasta le lleva la funcionaria a presenciar un juicio, dado que Birgitta es juez y le iba el tema por lo que hablan acerca de la pena de muerte y esos temas trascendentales. Terminan medio amigas, dentro de las diferencias. A Birgitta, le comienza a entrar miedo porque se siente vigilada y se larga a su tierra, en cuanto termina el congreso al que ha acudido como acompañante.
Al poco tiempo, se entera Hong de que van a fusilar a un capitalista amigo de su hermano Ra Yu, que como éste, es dueño de un emporio, pero que ha caído en desgracia por lo que morirá sin remedio para dar ejemplo de la integridad del Gobierno;  le visita en su celda de muerte donde se entera de las trapacerías de Ra Yu, tan corrupto como el condenado, pero más astuto por lo que aún figura entre la élite de los empresarios que acompañan a los embajadores en sus viajes de negocios.

Ambos hermanos, Mong y Ra Yu,  por distintos procedimientos, acompañan a un grupo de emprendedores chinos a Zimbawe, a parlamentar con el presidente Mugabe, al que le dan ayuda económica y espiritual, y del que pueden sacar el permiso para trasladar a su rico país a varios millares de chinos como colonos, y que les proporcionarían pingües beneficios.
Hablan los hermanos, y él se da cuenta de que Mong es una persona honrada, que cree en la solidaridad y la justicia y que le reprocha su maldad y le acusa de ser el responsable de las muertes de los suecos aldeanos.
Mong no entiende que su hermano, que  ha estado leyendo las memorias de un antepasado que estuvo esclavizado construyendo el ferrocarril de Estados Unidos en el siglo XIX, pueda llevar el rencor de varias generaciones en su corazón como para deshacerse de los herederos del tal JA, que fue su verdugo en la construcción del ferrocarril americano. Mong pensaba que sería amor y lealtad  a la familia, pero el lector descubre que no, porque la elimina por el procedimiento del accidente provocado. Era muy malo y muy vengativo el Ra Yu.

 Pero como Mong sabe que su hermano es capaz de todo, el autor hace aparecer en Zimbawe, por arte de birlibirloque, a una antigua compañera de colegio, que no veía desde la adolescencia, a la que le entrega una carta que debe dar a Birgitta, en caso de que ella fallezca de muerte sospechosa.
 Cuando le llega a las magníficas oficinas de Ra Yu, la noticia de que va a ser investigado en sus finanzas, cae en la cuenta de que, muerta su hermana,  tiene que ser la acusadora la Birgitta de Suecia. Y allá se va a por ella.

Con este argumento, pues la lectora, que era yo, he tenido que hacer horas extraordinarias para poder ir descubriendo algo del asunto, que me traía en ascuas . Pero me he quedado con las ganas de saber cómo descubrió el primer chino, que fue torturado por el JA, qué apellido significaba la A, y cómo supo de dónde era, porque allí se comunicaban muy poco, que no lo cuenta el autor lo que  me parece un fallo imperdonable.

Y , una vez leída y descansando cuando se acaba todo: pagando el malo, como debe ser, me pregunto: ¿Es ésta una buena novela?
 Pues si es  por enganchar al lector, digamos que sí.
Por su forma estructural de hacer flashback y darnos un paseo por la América profunda del Oeste, también.
Por hacer entender cómo pueden ser los mecanismos sociopolíticos en la expansión mundial que están realizando los chinos tanto en Europa como en África en estos momentos,…bueno.
Por los razonamientos acerca de las consecuencia de la economía global…de acuerdo.
Pero me ha parecido ingenua la irrupción en escena de los personajes- bien caracterizados, es cierto- sin venir a cuento y con una simpleza  de aparición bastante mágica.
Tiene demasiadas incongruencias para considerarla una novela redonda.
Me gustó más “El ojo del leopardo”, pese a que ambas disfrutan de una traducción impecable y se leen con mucho gusto.

 PJ Blanco Rubio. Bilbao, 15-11-2013


domingo, 17 de noviembre de 2013

Novela "Estrellas errantes en el camino" de Elena González Martínez




"Un pequeño pueblo de la Castilla profunda
es el lugar donde nacen las raíces del protagonista, Andrés.
Dos muertes inesperadas…
Un peregrinaje por tierras holladas por muchas generaciones…
El amor que surge a la luz de una lluvia de estrellas…
La amistad como hilo que entreteje muchas vidas…
Un secuestro que une más a los amigos en el sufrir, en la esperanza, en la alegría…
Un ramillete de historias que endulzan las noches…
Un final con un futuro lleno de ilusiones y esperanzas."


Elena González Martinez-Vallejo pasa su infancia y adolescencia en Castilla-León. Maestra de las de antaño, su vocación por enseñar le lleva a las Islas Canarias, y en concreto a la Isla de La Palma, lugar donde forma su familia. Por avatares de su profesión se traslada a Bilbao, ciudad en la que su corazón terminará echando raíces.

Colabora en varias revistas y ha escrito varios libros en colaboración. En marzo de 2008 comienza su andadura en solitario con la obra "Retazos de vida", a esta sigue en 2010 "Crónica de una violación legalizada”. "Estrellas errantes en el Camino" es su última obra, obra que condensa sufrimientos y angustias, pero también ilusiones y esperanzas.



Poemario "Luna desnuda" de Rosa María Mielgo





La huella emocional de los recuerdos, de los sueños, de la vida y, sobre todo, del amor en todas sus facetas: el amor fraterno, la amistad, el amor a los hijos, el amor pasional. Todos estos elementos recorren su poesía, desnudando la Rosa, pétalo a pétalo, investigando el poder de las palabras, del verso y su capacidad evocadora. Así va creciendo y madurando su poesía, como pudimos ver en su segundo libro, Los mares de la luna.
Este nuevo poemario, Luna desnuda, anuncia en su título el final del camino. En él Rosa culmina su recorrido de iniciación al verso, y descubre su propia voz, libre de todo lo que la ocultaba. Vuelven las emociones y los sentimientos que han empapado sus trabajos anteriores, y permanece también su necesidad de reinterpretarlos a través de la pluma, “con la que escribo y me vierto”, como dijera ya desde su primer libro. Regresan, de nuevo, en el silencio de la noche y a la luz de la luna, inspiradoras, mágicas, románticas.
Termina, por tanto, una etapa, un viaje a través del cual ha aprendido a mirar y a mirarse, y al mismo tiempo a mostrar y a mostrarse. Y ahora, con su propia voz, emprenderá un nuevo viaje, más ligera, después de dejar el peso del camino recorrido en las páginas de los libros que componen esta trilogía, escrita bajo el hechizo de la luna.
Roberto Mielgo Merino